Nos quiere como a sus sillones, y ni siquiera, como a su videt, como a la loza rosada de sus letrinas. Y nosotras no podemos querernos. La mugre no quiera a la mugre.
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No conocemos al enemigo sino por comparación con nosotros mismos: imaginamos sus intenciones por las nuestras, les tendemos trampas en las que sabemos que caeríamos en su lugar y renunciamos a las que habríamos tendido; el enemigo es nuestro hermano gemelo, nuestra imagen en el espejo.
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